Encrucijada en Colombia, En esta semana santa podamos meditar los colombianos.

Colombia llegó a 2026 como quien camina sobre un puente colgante en plena tormenta: de un lado, una izquierda que cree que el país aún no ha terminado de romper con sus viejas estructuras; del otro, una derecha que promete mano dura, orden y un regreso a certezas que muchos sienten perdidas. En la mitad, un centro que intenta construir una casa amplia, pero que a veces parece más una sala de espera donde todos caben y nadie decide.

La contienda presidencial ya no se mueve en tonos grises. El debate se ha convertido en una batalla de relatos, de emociones y de heridas abiertas. Colombia no está eligiendo solamente un presidente. Está definiendo si continúa por la senda de una transformación profunda, si gira hacia una reacción conservadora o si logra encontrar una fórmula de equilibrio que no termine siendo simplemente una suma de indecisiones.

La izquierda llega a esta elección con Iván Cepeda como principal figura. Representa la continuidad del proyecto político que comenzó con Gustavo Petro, aunque con un lenguaje menos volcánico y más institucional. Cepeda habla de reformas, de paz, de redistribución y de un Estado más fuerte. Para sus seguidores, encarna la posibilidad de completar una obra inconclusa. Para sus críticos, simboliza el riesgo de que Colombia se hunda en una economía más débil, una mayor polarización, inseguridad y un exceso de confrontación ideológica, entregando el pais al control de la guerrilla completamente.

En la otra orilla, la derecha se debate entre dos pulsos. Por un lado, una línea más tradicional, representada por Paloma Valencia, que busca reagrupar el voto conservador con un discurso firme en seguridad, inversión y autoridad. Por el otro, figuras más radicales y de tono antisistema, como Abelardo de la Espriella, que han entendido que buena parte del país está cansada, frustrada y dispuesta a votar con rabia, por el mal gobierno de petro.

La derecha, sin embargo, también enfrenta su propio laberinto. Si se divide, puede terminar entregándole la Presidencia a la izquierda. Si se radicaliza demasiado, corre el riesgo de asustar a quienes quieren orden, pero no una política convertida en ring de boxeo permanente. Colombia no necesita un presidente que gobierne a punta de trincheras. Ya bastante pólvora verbal ha caído sobre el país.

Y entonces aparecen los tibios del centro. Sergio Fajardo, Claudia López y otros sectores independientes insisten en que existe un camino distinto, una especie de avenida menos estridente entre los extremos. El problema es que el centro colombiano lleva años pareciéndose a un rompecabezas armado con piezas de distintos juegos: liberales, conservadores moderados, verdes, empresarios, académicos, desencantados de la izquierda y decepcionados de la derecha.

El resultado suele ser una coalición tan amplia que termina sin identidad. Un centro que quiere representar a todos corre el riesgo de no representar con claridad a nadie. Mientras la izquierda ofrece pasión y la derecha ofrece contundencia, el centro muchas veces ofrece prudencia. Y en tiempos de crisis, la prudencia suele hablar en voz baja mientras los extremos llegan con megáfono.

Sin embargo, reducir el país a una pelea entre izquierda y derecha sería un error. Colombia no puede seguir atrapada en una especie de péndulo infinito, oscilando entre el miedo al cambio y el miedo al regreso. Ese camino convierte cada elección en una revancha y cada gobierno en una demolición del anterior. Así ningún país avanza. Así apenas sobrevive.

El verdadero punto de quiebre está en otra parte. Está en si Colombia será capaz de construir una agenda nacional mínima, un acuerdo elemental sobre aquello que no debería depender de quién gane las elecciones. Seguridad con respeto a los derechos. Crecimiento económico con oportunidades. Educación útil. Infraestructura. Salud. Instituciones fuertes. Una lucha frontal contra la corrupción, que en este país se ha vuelto una hiedra silenciosa que trepa por todas las paredes del Estado.

Los candidatos extremos pueden encender a sus bases, llenar plazas y dominar las redes sociales, ese gran coliseo digital donde cada bando lanza piedras de 280 caracteres. Pero gobernar Colombia exige algo distinto. Exige sentarse con quien piensa diferente. Exige construir mayorías. Exige entender que ningún presidente, por fuerte que sea su discurso, puede gobernar un país fracturado a la mitad.

Colombia necesita avanzar. No avanzar hacia la izquierda por miedo a la derecha. Ni hacia la derecha por miedo a la izquierda. Avanzar hacia un país donde el debate no sea una guerra santa, donde disentir no convierta al otro en enemigo y donde el próximo presidente entienda que gobernar no es incendiar la pradera para después posar como bombero.

El país está en un punto de quiebre. Y quizá la verdadera decisión no sea quién grita más fuerte, sino quién tiene la madurez suficiente para sacar a Colombia del laberinto sin romperla en dos.

Autor: @Santo1977

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